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¿Por qué se elige escribir poemas? ¿Cuáles son los rastros que nuestros caminos en la vida dejan en nuestra obra? Inés Aráoz, la autora tucumana más importante de nuestro tiempo, se presta a este diálogo con la joven poeta y editora Sofía de la Vega, y reflexiona sobre la vocación de la escritura, la búsqueda de la felicidad y las cosas queridas. Nos regala, además, fragmentos selectos de su obra, que será próximamente reeditada íntegramente por Culiquitaca Ediciones.   

 

Sofía de la Vega: Inés, su obra literaria ha crecido y se ha diversificado enormemente desde que publicó su primer libro. Justamente quisiéramos averiguar sobre sus inicios. ¿Por qué escribe? ¿Ser poeta fue una elección para usted?

Inés Aráoz: Si fuera fácil para mí contestar estas preguntas de aparente sencillez, seguramente no escribiría. Mi relación con la escritura no está signada por una vocación específica como en mi caso pudo haber sido la música o la medicina, o la biología, quizás. Sino más bien por esa relación que mencionas con los inicios, ya que a través de la escritura se me brindaba la única oportunidad de acceder a aquello que no pudiera ser destruido por los embates de lo cotidiano. La escritura -a falta de voz- se convertiría en el brazo armado que haría de mí una guerrera; con la palabra yo podría encerrar la acción, el movimiento, conquistarlos. Todos emprendemos, supongo, ese viaje de conquista en pos de la alegría, de la voz, de la gracia. Cada cual a su manera. Es el testimonio que queda en lo que escribo: el modo (“No se me dio la palabra/ En la palabra/ Y por eso digo/ No soy poeta/ Se me dio en cambio/ Un túnel de luz/ Lejos yo de mí/ Y mi corazón ceñido/ Bien distante…….Un verdadero guerrero/ Denuesta a los cielos/ Si la muerte le es/ Esquiva/ Pero yo fui guerrera/ Del amor/ Único campo de batalla/ En el que solo la palabra/ Se retira…”)

Tiempo presente.

Tiempo presente.

SdV: Su poesía viaja por todo el mundo: nos sorprende en Rusia, Inglaterra, en países extraños del Asia. Pero usted vive en Tucumán. Ahora bien, en relación a la cuestión territorial. ¿Cómo es escribir en Tucumán? ¿Considera que su literatura es tucumana?

IA: La extrañeza es lo que me permite VER. O, al menos, es una de las variables posibles: el asombro, que es anterior al lenguaje. En tal extrañeza se conjuga el extranjero, la otra orilla, lo antes. Es decir, es eso lo que convierte nuestro tiempo vivido en nuestra vida: en un solo acto, vida/muerte, el movimiento que posibilita la inmovilidad, la mayor velocidad que es el amor, estar vivos, de la manera, quizás, en que la naturaleza se comporta. Sin embargo, lo cotidiano a menudo nos cierra los ojos. Nos apartamos, entonces, para restablecer la tensión, para navegar, siempre hacia la otra orilla, hacia los confines. Estoy diciendo estas cosas para tratar de acercarme a una respuesta en relación a estas preguntas. No es mi mejor modo. Esas respuestas están en mis textos del mejor modo, que nunca es definitivo, tampoco (¿qué navegación podría ser definitiva? Navegantes peregrinos entregados al imponderable) y por ello prosperan los escritos, con cada paso dado, en un sentido (el horizonte de los barcos) o en el otro (horadar los cielos, las catedrales).

¿Qué has hecho, hijo mío?

¿Qué has hecho, hijo mío?

SdV: Su obra está marcada por la navegación. Por el viaje en general, pero sobre todo por el viaje marítimo. ¿Se podría decir que su escritura fue una navegación? ¿Por qué es importante el elemento del mar y los barcos en su obra?

IA: La literatura es para mí, en relación a lo que escribo, secundaria. El rigor en la lucha con el lenguaje no tiene que ver con lo que podría llamarse un modelo literario sino con la aproximación más adecuada, de mayor precisión, de justeza, de gravedad (como la piedra se asienta en el punto), hacia lo que puede erigirse como real ante mí. Es decir, aquello que no puede ser destruído. La navegación cubre el tramo de lo terreno a lo celeste. Mi corazón arde en la montaña. En cuanto a la territorialidad, volviendo a algo anterior, no sé qué cosa tenga mayor incidencia en cuanto al acierto o desacierto de lo escrito (más allá de una cierta impronta), pero sin lugar a dudas mi sitio en la nave portadora de lo terreno en su navegación es este valle feraz protegido por los espíritus de la montaña: esta ciudad vieja y luminosa, Tucumán, un poco desquiciada pero desde sus comienzos premonitoria de la república. Y mis héroes, debo decirlo, son todos hijos de Tucumán: el aguerrido y de increíble fortaleza Aráoz de Lamadrid, el resucitado del Tala; Alberdi, lúcido pensador, visionario; y Hugo Foguet, desde el mismo centro del poema comprometido en la fundación de Tucumán.
Inés Aráoz, siguiendo lo que las preguntas le provocaban, nos ofreció algunos fragmentos más de su obra. Aquí abajo los reproducimos:

 

Trópico de cáncer.

Trópico de cáncer.

TUCUMAN

 

Y cuando piso el extendido rodal de oro

Que la piedra echó a mis pies

Sé que estoy ante la abundancia del mundo

Y los mendigos de la ciudad que lo pisan

Son mis hermanos, de entre ellos yo una

Los dueños de la ciudad

(Esta ciudad vieja y luminosa)

Una mano entrega a la otra

La espiga de trigo y cajas vacías

Cosas para portar sobre los hombros

Por la ciudad devastada

Un lapacho, un solo lapacho ha florecido

En toda la ciudad

Y es la luz que la alumbra

Y que se esparce por el suelo y desborda

Los pequeños cráteres de adoquines disueltos

 

 

(Sobre el oficio de la escritura):

 

He cazado a la muerte

como si fuera una palabra nueva

La he rodeado, inquirido y bientratado

Hasta he escrito sobre ella

-vida es la palabra que he usado-

Y me ufano

de contemplar a cada instante

su aleteo furioso

en mi corazón.

 

 

(Sobre la navegación):

 

Ya los centauros, el Minotauro, ya fue ese punto en que se cruzaban barcos y

catedrales, simbiosis de lo alto y de lo extenso, agujas del cielo ondeando en el mar

(En ascenso hacia los linderos)

A primera vista.

A primera vista.

Imágenes: Jimena Montenegro.

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