¿Qué leer en este nuevo siglo? ¿Cómo encontrar historias, en la inmensa marea libresca actual, que merezcan nuestra verdadera atención? Raúl E. Sendín oficia de consejero y a continuación nos recomienda cinco novelas escritas en las últimas dos décadas.
Yo creo que nos pasa a todos. Esperamos siempre las vacaciones y los fines de semana largos para descansar de nuestros trabajos y de nuestras actividades, pero cuando éstas finalmente llegan, el aburrimiento se presenta y se cierne sobre nosotros como una amenaza. Y como Netflix nunca es suficiente, a veces, también recurrimos a las historias de los libros.
Pero aquí se genera un nuevo problema. Hay tantas opciones disponibles en las librerías que, muchas veces, y con razón, terminamos recurriendo al consejo de algún sabedor o —con un poco menos de suerte— de algún amigo. Y es en ese momento en el que, sin saberlo, corremos el mayor de los peligros: que alguien nos recomiende el último libro de Nicholas Sparks o, peor aún, que alguien nos recomiende leer el ingenioso y aburridísimo hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Es por eso que elegí reseñar cinco libros interesantes, entretenidos, relevantes y, además, escritos en el siglo XXI para asistir a aquel que no tenga tiempo de andar indagando los anaqueles de las librerías y, de este modo, ayudarlo a que pase un momento de calidad antes de tener que volver a la rutina.
Sin más preámbulos, los libros elegidos son los siguientes:
Libertad de Jonathan Franzen (2009):
El primer clásico del siglo XXI. El Balzac o el Dickens contemporáneo. Una obra maestra de la narrativa norteamericana.
De esta forma ha intentado definir la crítica a la obra del autor Jonathan Franzen que, desde un comienzo, se propuso escribir una novela importante que logre salvar al género de los escritores posmodernos relativistas y, al mismo tiempo, acercarse no sólo a los lectores asiduos sino a la mayor cantidad de público posible. Y el éxito, tanto comercial como en entre los especialistas es, al menos, un fuerte indicio de que el autor logró cumplir sus objetivos.
Decir de qué se trata esta novela es una tarea imposible, ya que lo que Franzen intenta, precisamente, es la descripción áspera de la existencia de un grupo de personas normales: una familia demócrata en el centro oeste de los Estados Unidos post caída de las Torres Gemelas.
Y hasta allí llega lo que puedo decir sobre esta novela. Reseñarla más no nos llevaría a ningún lado, lamentablemente, ya que intentar ahondar sobre Libertad dará como resultad
o —sí o sí— quedarse corto. Es un tipo de libros que ni siquiera permite spoilers.
Humildemente, sólo me queda recomendar, una vez más, esta novela por sobre el resto de los libros de la nota, y recomendarla por cosas tan sencillas como su inteligencia, su simpleza, su honestidad y, fundamentalmente, por sus personajes: Patty Berglund y Richard Katz, por lo menos a mí —no tengo dudas—, me quedarán grabados en la memoria por el resto de mi vida.
La carretera de Cormac Mccarthy (2006):
Si Donald Trump y Kim Jong-un terminan de enloquecer y deciden lanzar sus bombas de hidrógeno para iniciar la Tercera Guerra Mundial, sin dudas este libro se convertirá en un Best-seller entre los afortunados sobrevivientes.
Un padre y un hijo recorren una carretera de los Estados Unidos en un mundo post-apocalíptico en el que los zombies brillan por su ausencia —cosa extraña en estos tiempos— y en el que todo rastro de civilización parece haber desaparecido. El frío extremo y la escasez de recursos y alimentos lleva a los personajes a mantenerse en continuo movimiento, utilizando a la ruta como guía y sustento, aunque teniendo que desviarse, continuamente, para escapar de la principal amenaza: los otros humanos, los malos, los que se convirtieron en caníbales.
La novela es sencilla en su argumento, pero tiene un trasfondo complejo que se nos insinúa a lo largo de las doscientas páginas en reiteradas ocasiones aunque siempre sin terminar de esclarecerse. Por momentos parece repetitiva, sin embargo, ésta es una estrategia consciente del autor que no busca aburrirnos, hastiarnos ni mucho menos, sino generarnos un clima de agobio y desazón para, a final de cuentas, mostrarnos qué tan fuerte pueden los dos personajes, padre e hijo, aferrarse con fiereza a la fragilidad de sus vidas.
El viajero del siglo de Andrés Neuman (2009):
Neuman —al igual que Franzen— se propuso escribir una de los primeros clásicos del siglo XXI y, a decir verdad, puede que lo haya logrado, pero con una particularidad: el autor argentino hizo un poco de trampa.
Toda la novela transcurre en el siglo XIX, el siglo de las grandes historias, pero con una óptica y un estilo completamente contemporáneo. Hans es un traductor y un viajero incansable que arriba a Wandernburgo —ciudad móvil ubicada en algún punto de Alemania y que por momentos parece más un personaje que una locación— y que, con el correr de los días, irá entablando relaciones con sus habitantes que, a final de cuentas, serán los responsables de que el viajero empedernido se encariñe y no pueda abandonar el lugar.
Esta novela tiene de todo: una prosa ligera pero, al mismo tiempo, dotada de una gran belleza lírica, diálogos coloquiales y divertidos al servicio de temas profundos y una trama compuesta por elementos tan diversos como el misterio, la fantasía, el relato policial, la bitácora de viaje, el teatro y la novela de aprendizaje.
Un experimento literario que da gusto leer.
Las partículas elementales de Michel Houellebecq (1998):
Vamos a robar un par de años aquí y decir que este libro de 1998 pertenece al siglo XXI. Las partículas elementales de Michel Houellebecq —tuve que chequear tres veces que esté bien escrito el apellido— es una novela que se propone solucionar las falencias del Mundo feliz de Aldous Huxley para, de este modo, lograr —por supuesto, en la ficción— que la humanidad logre dar un nuevo salto cualitativo en su evolución.
Para ello se vale de dos hermanastros, Michel y Bruno, ambos abandonados por una mujer libertina y criados por sus respectivas abuelas paternas. Y cada uno de ellos personifica, a modo de ilustración, las dos ideas que el autor pretende tratar. Bruno es un profesor de literatura, misógino y adicto al sexo, y Michel es un científico asexuado y completamente enajenado por su trabajo.
Así, mientras Bruno se encarga de mostrar una sociedad —similar a la actual— en la que el placer se satisface tan rápido que ya no da tiempo al surgimiento del deseo, Michel trabaja en su proyecto final, de manera incansable, para (spoiler alert) solucionar el problema de la individuación humana y —a través de un proceso químico— retornar a la idea de un humano anónimo y colectivo.
La novela es brillante. Es de mis preferidas. Y Houellebecq es hoy uno de los autores más vendidos en las librerías.
La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz (2008):
Estuve ocho horas hipnotizado por este libro, cruzando los dedos y haciendo fuerza para que el personaje principal —Óscar— logre encontrar a una mujer que le corresponda su inmenso amor romántico y que, en consecuencia, lo ayude a perder su virginidad. Todo esto que, sin lugar a dudas, suena a algo superficial y naif se ambienta bajo el marco de la peor dictadura latinoamericana posible—lo que definitivamente ya es mucho decir—, la del trujillismo en la República Dominicana.
Óscar es la combinación perfecta entre nerd, geek, perdedor y buen tipo, y su máximo sueño, además de enamorar a alguna chica —no importa cuál—, es convertirse en el J. R. R. Tolkien dominicano. Pero no la tiene fácil. Para eso tendrá que superar una terrible maldición que afecta a toda su familia —fukú—, y deberá encontrar su lugar y camino entre los norteamericanos que lo consideran, los más amables, un bicho raro y los dominicanos que, en su gran mayoría, lo tildan de gringo pariguayo.
La novela no siempre se enfoca en Óscar. A veces también se pierde entre su familia. Y si bien esto ayuda a contextualizar la obra en el trujillismo dominicano y en las interesantes circunstancias históricas, también le resta fuerza al personaje principal que, en más de un momento, se asemeja y parece rendirle tributo al genial Ignatius Reilly del más genial John Kennedy Toole.
Pero siempre -como las cuatro anteriores- es una historia con la que vale la pena perder nuestro valioso tiempo.