Francia y la «cuestión» islámica

¿Cuáles son las consecuencias del atentado al semanario francés Charlie Hebdo? ¿Puede hablarse de ellas sin banalizar el horror de esta tragedia? Francisco Wainziger piensa en las secuelas del ataque, y las pone en relación con el estigma que pesa sobre los árabes en Europa. Una lectura de y desde el contexto.

Hemos asistido la última semana a una cierta profusión de opiniones, artículos y análisis, disparados a partir de la cuestión Charlie. Yo soy Charlie, yo no soy Charlie, yo ya no sé qué soy. Se me dice que hay un contexto, se me dice que no hay “peros” que valgan. Que es una conspiración de la CIA, de la Mossad, que ISIS lo celebró, que la marcha unió al primer ministro israelí y al presidente de la autoridad palestina, que hay una foto donde se ve que los lideres marcharon separados de la gente, que un dibujante de la revista vomita sobre ellos, que la revista es un ejemplo del anarquismo anticapitalista o que se volvió conservadora, divertimento de burgueses blancos, etc. Incluso hay un video donde se nos muestra que la bala que mata al policía de origen árabe supuestamente yerra y da en la vereda, “desnudando” que los poderosos que conspiran por la dominación del mundo son tan tontos que, desde Facebook, los iluminados los desenmascaramos fácilmente.

El culo en la pared.

El culo en la pared.

Entonces no sé qué opinar. Uno, sin importar lo que diga, siempre es susceptible de ser corrido por derecha o por izquierda, por pro imperio o por pro fundamentalistas. Un arco que va desde cierta izquierda boba conspiranoica hasta aquellos que cierran todo posibilidad de análisis y debate en nombre de “valores”. Tengo mis opiniones respecto a algunos de los tópicos vertidos en el párrafo anterior, pero no busco sintetizarlos ni resolverlos definitivamente. Sólo quiero detenerme en uno que me llamó mucho la atención: la cuestión de los “contextos”.

Mi campo de formación es la historia. Allí hay un sentido común, una obviedad que hace a la disciplina. Todo tiene un contexto. Negar este sentido común es negar la historicidad, es aislar y renunciar a entender los hechos. Lo dicho no implica que haya que descartar todo debate acerca de la inenarrabilidad del horror o los riesgos de una prosa banalizadora, por ejemplo en relación al Holocausto o a la dictadura argentina. Pero estos debates siempre se realizan afirmando los contextos y no negándolos. En este sentido, coincidí con una afirmación de Martin Granovsky («Los asesinatos como el de Charlie Hebdo nunca tienen justificación moral ni humana pero sí contextos») y en esa lógica compartí en las redes sociales algunas lecturas muy heterogéneas pero que hacían suya esa frase. Lecturas todas condenatorias del atentado terrorista pero que, al menos a mí, me ayudaban a pensar lo sucedido. Me parecía una obviedad, pero resultó no serlo tanto. Al parecer, pensar en el contexto era un modo de atenuar la condena o justificar veladamente el atentado. Era una afirmación sospechosa.

Contexto o justificación

Mi modo de darle contexto a la situación no pasaba, en cualquier caso, por pensar en las causas del atentado, y no es lo que me movilizó en principio. Para mí, lo importante era pensar en las consecuencias, y no hablo de medio oriente sino más bien de Francia, de Europa. No obstante, y en tren de pensar las causas, uno de los análisis más interesantes que leí fue el de un especialista francés en la cuestión, Olivier Roy. Para este autor las causas no hay que buscarlas tanto afuera de Francia, sino adentro mismo del país, en relación a una porción de la juventud migrante desencantada que abraza estas acciones como forma de darle sentido a su lugar en el mundo. Jóvenes que no hablan árabe y que leen el Corán como quieren, emparentándose con otros problemas “occidentales” como las masacres en las escuelas norteamericanas o los movimientos neonazis, por ejemplo. Todo esto muy bien aprovechado por redes del tipo Al Qaeda, que encuentran un campo fértil de reclutamiento.

Segunda vida.

Segunda vida.

Pero quería pensar en las consecuencias, lo que implicaba sentir empatía por los millones de migrantes (e hijos) europeos, por la población islámica de Francia, por los turcos en Alemania. Encarnado como está el relato de la Shoá en mi tradición familiar, fue inevitable esa empatía. No establezco una comparación directa ni mucho menos, pero sí encuentro una lógica discursiva bastante similar, cierto patrón que se repite, ciertos razonamientos que se emparentan. Las víctimas directas son los muertos; las indirectas son los europeos identificados, clasificados, distinguidos y racializados como musulmanes, árabes, negros, etc. La libertad de expresión no murió en Francia, y probablemente se afiance. Los que murieron son personas que creían fervientemente en ella y como corolario se acentuó el estigma sobre una parte importante de la población francesa. El blanco estuvo muy bien elegido en ese sentido; si el atentado se hubiera perpetrado contra una base militar o un símbolo del gobierno, muchos habrían tenido menos prurito en celebrarlo.

No estoy diciendo tal cosa “pero”. No. No hay peros. El horror y sus consecuencias van juntos. No puedo separarlos. Mi dolor por las muertes, absurdas y horrendas, y mi temor por la construcción estigmatizadora sobre la clase subalterna europea, englobada bajo términos como “árabes” o “musulmanes”, son partes de un mismo sentimiento. Hablo del horror del hecho, y de sus nefastas consecuencias como catalizadoras de discursos de odio potencialmente peligrosos. Hablo de Francia. Al eludir las causas, me parece dejar en claro que las justificaciones quedan de lado. La asociación entre contexto y justificación es demasiado forzada, y es también un obstáculo. Porque nos impide pensar.

Causas rebeldes.

Espíritu abatido.

Un derecho ¿universal?

El problema empezó desde el primer minuto en el que la libertad de expresión fue considerada un valor occidental, casi como si fuera un derecho que sólo Europa podía disfrutar. Ése es mi conflicto con los llamados valores occidentales: su universalidad es justamente uni-versal, un solo discurso y en una sola dirección. Casi podríamos usar el término fundamentalismo laico (muy apropiado en Francia donde el debate en torno a la prohibición del velo islámico en las mujeres reaparece permanentemente). ¿O acaso la libertad de expresión nació por la gracia de Voltaire? ¿No fue una lucha que aún no se acaba dentro de Occidente, y un derecho conquistado, en gran parte, a pesar de sus gobiernos? ¿No fue la modernidad europea y occidental un sinfín de censuras, de regímenes horrendos -y no tanto- que justificaban recortar la libertad de expresión justamente para defender los “valores occidentales”? Prefiero pensar la libertad de expresión como un derecho de los pueblos en general, cosa que demuestran las llamadas revoluciones árabes, que luchan por ella y de las que el mundo y la prensa parecen haberse olvidado. Pero más que la libertad de expresión, es un derecho de los pueblos la libertad, a secas.

Y este derecho, amplio y fundamental, incluye la libertad religiosa. Lo segundo que llamó mi atención en las lecturas iniciales del caso tiene que ver con el papel que se le asigna al Islam en la tragedia. La culpa es de la religión o de un libro. Soy ateo, y comparto muchas lecturas políticas de la tradición anarquista (valga el oxímoron). Lo menciono porque me sorprendió ver que desde esa óptica se estaba justificando una visión demonizante del Islam y, por lo tanto, de sus practicantes. Cuando hablo de la libertad, más que en la tradición liberal, prefiero ubicarla en la libertaria. “La libertad del otro extiende la mía hasta el infinito”, decía Bakunin. En este sentido, afirmar la libertad de religión no es otra cosa que respetar (y no simplemente “tolerar”) las creencias genuinas de millones de personas en el mundo.

Padres e hijos.

Padres e hijos.

Así como el judeófobo (que en estas ocasiones aparece de a montones) tiende a asociar judío con gobierno de Israel (y a éste con “Estado”, todo disfrazado de un entidad casi siempre indefinida llamada sionismo), el islamófobo tiende a asociar musulmán con árabe y a ambos (convertidos en una sola cosa) con fanático y terrorista. La mezcla de identidades religiosas y étnicas, aisladas de su historia, la uniformización esencialista de clichés y prejuicios y la identificación de poblaciones separadas del contexto territorial/jurídico/nacional (nótese siempre que primero son musulmanes y después, tal vez, franceses) son marcos que contribuyen a la legitimidad de ciertos discursos totalitarios que no tardan en aparecer en situaciones como ésta. Olivier Roy dice que la imagen del musulmán es bastante sesgada: el “verdadero” es el terrorista; el policía que murió en el atentado (Ahmed Merabat) aparece como “la excepción”. El integrismo nacionalista, racial y cultural -una invención occidental en tanto dispositivo de dominación- sólo causa horror y muerte. Y en Francia especialmente, como remarca el periodista Pablo Stefanoni, la obsesión por la identidad nacional siempre fue un problema.

Durante el mayo francés del ‘68 se intentó deportar a Daniel Cohn Bendit, el líder más visible del movimiento estudiantil, de origen judío y alemán. La respuesta fue una marcha masiva bajo la consigna “todos somos judíos alemanes” (quizás el origen de las consignas, devenidas hashtags, “yo soy…”/”no soy…” o “todos somos…”). Yo afirmo, sin ninguna duda, “yo soy Charlie”. Y también, siempre y sin peros, “todos somos franceses musulmanes”.

El espejo de occidente

Finalmente, si de entender se trata, me parece fundamental ir más allá y ampliar el contexto ya que el problema no sólo no es nuevo en Francia, sino que está enraizado en el mito de origen de los valores hoy reivindicados como los “occidentales”: la revolución francesa. La libertad, la igualdad y la fraternidad encontraron pronto su límite en la revolución haitiana de 1804, en la cual los esclavos negros declararon su independencia contra los deseos franceses, en el contexto colonial moderno.

Palabras mágicas.

Palabras mágicas.

La misma situación, con ribetes trágicos, reaparece en la guerra de liberación de Argelia en la década de 1950. Quien mejor narró la situación es el sociólogo y psiquiatra Frantz Fanon y considero apropiado rescatarlo en estos días. Nacido en Martinica, colonia francesa en las Antillas, luchó voluntariamente para la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando ésta finalizó, lo apartaron del desfile de honor por ser negro. El blanco crea al negro -dice en Sociología de la revolución– pero el negro crea la negritud. Fanon verá con horror, que la masacre empieza en Argelia -que el gobierno de Francia se niega a abandonar como colonia- el mismo día que se festeja la victoria aliada. Y dará en el clavo cuando afirme que “el pueblo europeo que tortura es un pueblo degradado, traidor a su historia. El pueblo subdesarrollado que tortura afirma su propia naturaleza, se comporta como pueblo subdesarrollado”. Podríamos pensarlo como paradoja, sin embargo considero más bien que son espejos en los que, en tanto hijos de occidente (para bien y para mal) debemos mirarnos. En el contexto de la guerra de liberación argelina de la década del 1950 Fanon escribe entonces gran parte de sus obras. Y en el contexto de los “valores” occidentales o de los “fundamentalismos” islámicos quiero insertar sus ideas. No puede haber doble estándar; sólo condena global. No son peros; son, parafraseando a Edward Said, dos caras de la misma moneda. Lo que ocurre es que somos los occidentales los que tenemos la legitimidad de la palabra y de los valores, de la tradición y de la historia. Somos sólo nosotros los que podemos decir “quiénes somos”. Los subalternos, en cambio y como dice Gayatri Spivak, no pueden hablar.

Fotografías tomadas por Kala Moreno Parra y Res en las instalaciones que el artista francés Christian Boltansky realizó en el año 2013 en la ciudad de Buenos Aires.

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