¿Cómo se vive en una cárcel tucumana? ¿Qué es lo que verdaderamente se aprende en estos lugares de “resocialización”? Franco Venditti narra las historias de distintos internos del Penal de Villa Urquiza, y examina la lógica de una sociedad capaz de condenar a las personas a vivir en jaulas.

Los de lesa

Es la primera vez que Suárez tiene la deferencia de pedir prestada la llave de la moto, ir hasta un galpón a buscarla, lograr que el vehículo se encienda (justifica una interminable andanada de patadas infructuosas en que “yo en realidad nunca tuve moto, mochito”); todo ello, con el único propósito de ahorrarme un corto tramo a pie que ya repetí muchísimas veces, trayendo cada jueves un grupo distinto de estudiantes de abogacía. Circunstancialmente son otras las razones que me traen al Penal, y me doy cuenta de que venir solo se siente distinto. Es más: a pesar de que hace menos de veinte minutos me bajé de un colectivo, desplazarme rápidamente por este lugar me provoca la misma sensación que viajar por primera vez en avión.

A medida que nos vamos acercando a la unidad de máxima seguridad voy reconociendo algunas figuras que desde hace algunas semanas intentan, sin conseguirlo, hacerse familiares para mí.

Los pies en la tierra.

Los pies en la tierra.

Para empezar, algunos ancianos han decidido aprovechar la mañana sacando las reposeras fuera del recinto, se han cebado algunos mates -bien acompañados por facturas y medialunas recién hechas- mientras disfrutan del aire fresco de la mañana y del sol, que a esa hora no agobia, sino más bien acaricia.

Otro grupo de tres o cuatro personas, más activo, ha decidido calzarse los shorts y las musculosas para aprovechar la extensión y la forma cuadrada del edificio, ideal para trotar. Uno de ellos, de tupido bigote gris, cuenta con un aparato que despierta mi envidia: se trata de un dispositivo electrónico que se usa alrededor del brazo y que le permitirá conocer todos los detalles del ejercicio una vez concluido. Es sorprendente: el brazalete le indicará la distancia que ha recorrido, su velocidad promedio, las calorías que ha quemado, el ritmo cardíaco alcanzado, etcétera.

Ahora bien, hay un dato curioso: entre este grupo de personas que disfrutan de la mañana en actividades muy variadas no hay jóvenes. De todos los tomadores de mates, lectores, cuidadores de huertas y maratonistas, ninguno baja de los 60 años. La mayoría, en promedio, tiene 70 o 75 años.

Esto tiene su explicación, relativamente sencilla. Los jóvenes tienen prohibido el egreso del edificio. Es más: su espacio vital se halla restringido a un cubículo de no mucho más de tres metros por dos, y a un patio interno un poco más grande. Se reparten veintitrés horas del día en el primer lugar, y una hora en el otro. En ambos, el contacto humano con otras personas es prácticamente nulo. Ésa es la norma en este lugar, y no la excepción.

Sucede que el ingreso de los casi 40 imputados por la megacausa federal Arsenales/Jefatura de Policía II ha convulsionado la vida en el Penal. Nadie sabe muy bien cuál sería el régimen aplicable a los nuevos huéspedes, pero es innegable que el trato que reciben habla a las claras de que la cárcel no está hecha para ellos. Esto se percibe de forma tan evidente que el director de la unidad siente que tiene que justificarse: “y bueno, es que hay que entender una cosa: aquí tenemos internos que se retiraron como generales, como coroneles, como oficiales de muy alto rango. Entonces por ahí se complica decirles que no en algunos planteos”. La cantidad de electrodomésticos y la decoración del pabellón acondicionado para el uso de estos internos son elocuentes en este sentido. El hecho de que reciban llamados personales en los teléfonos particulares de los guardias, también.

Todo lo que se observa nos hace llegar a la misma conclusión: en la Unidad 9 del Complejo Penitenciario de Villa Urquiza, un pabellón de máxima seguridad y una cárcel dentro de otra cárcel, los que logran excepcionar a la norma y conservar su humanidad son, únicamente, “los de lesa”.

Lo que el taxista aprendió

El taxista ya se desocupa de su trabajo en la granja, y emprendemos juntos el regreso hacia su celda. En el camino me explica que todas las mañanas, cuando sale hacia la granja, debe llevar uno de los enormes tachos de pintura en los que almacenan el agua para beber (no me animo a llamarla potable), y debe devolverlo cargado antes del mediodía.

El taxista aprendió a armar un fuelle: se cala un ladrillo, oportunamente traído de la cortada, para que por dicho hueco pueda pasar una bobina de alambre (simpáticamente bautizada resistencia), cuyos extremos serán conectados al cable de doscientos veinte voltios que atraviesa el pabellón. ¿Habrá algún disyuntor, fusible, o cualquier otro ingenio que corte el suministro ante una descarga repentina? De ninguna manera. Pero es la única forma de emular una hornalla. También aprendió a pedirles a sus familiares que cada vez que lo visiten lleven mercadería (arroz, fideos, polenta, puré de tomates, aceite, etcétera). Lo complicado no es solamente redistribuir el presupuesto familiar, ya reducido por el encarcelamiento de un integrante de la familia. Ocurre además que el mero hecho de hacer ingresar la mercadería al Penal es de por sí engorroso. La lista de productos permitidos (puesto que el principio es la prohibición) no responde a ninguna lógica. Por poner un ejemplo, se autorizan bananas, peras, ciruelas, tunas y paltas; pero está terminantemente prohibido el ingreso de naranjas, mandarinas, uvas, mangos, sandías y manzanas.

¿Por qué el agua antes del mediodía? ¿Por qué el fuelle? ¿Por qué la mercadería?

El pensamiento cautivo.

El pensamiento cautivo.

Porque lo primero que aprendió es que nadie come lo que se cocina en el Penal si es que hay alternativas. Hay que traer agua para poder cocinar, hay que conectar el fuelle para hervir el agua, y hay que usar la mercadería de afuera para no intoxicarse con lo que se reparte adentro. Los propios guardias traen de sus casas los alimentos que van a consumir durante el turno. Quien no tenga familia, visitas, dinero o no se las ingenie para armar un fuelle, terminará con algún problema de salud (no solamente digestivo) más pronto que tarde.

En resumen, ¿qué aprendió el taxista dentro de la cárcel? Aprendió a vivir adentro de una cárcel. Mejor dicho: aprendió a sobrevivir adentro de una cárcel. Curiosa forma de integración, pienso, que consiste básicamente en una desintegración.

Si alguien cree que la cárcel es una institución que busca resocializar, reeducar, reinsertar a personas que se han apartado de la norma, déjenme provocar un rápido desengaño: no se encontrará nada que sirva, siquiera remotamente, para algo parecido en Villa Urquiza. Pero, en mi opinión, creer que alguna cárcel pueda resocializar, ya es mucho creer.

Sucede que el término «resocialización» es engañoso. No sólo implica que el delito es producto de una socialización nula o defectuosa (lo que sea que esto signifique), sino que además deja fuera de toda crítica a la sociedad en sí misma. La premisa es la siguiente: en nuestra sociedad todo marcha bien, somos todos fantásticos, vivimos en paz y concordia. Por lo tanto, si vos no aprendiste a vivir respetando a los demás, y ahora te falta sociabilidad, te vamos a mandar a un lugar donde te van a resocializar.

Al delincuente, sostienen los resocializadores, le falta aprender a vivir en sociedad. ¿En cuál sociedad? ¿En la misma que conozco yo? ¿Una sociedad excluyente, desigual, violenta y patriarcal? ¿Una sociedad en donde el goce efectivo de algunos derechos básicos (agua, vivienda, salud, educación) es, para muchos, virtualmente inalcanzable? ¿No será, acaso, que la delincuencia tiene más que ver con los conflictos que estas problemáticas sociales acarrean, que con una pretendida falta de socialización que nadie sabe bien qué es?

El mejor de la unidad

Una vez, en mi afán por generar charla, elogié la canchita de fútbol de la Unidad 7 de Jóvenes Adultos. Sé que los chicos se ofenderían si leyeran que le llamo «canchita» a lo que ellos llaman «cancha», pero en esto soy irreductible: de ningún modo llega a tener el tamaño de una de Fútbol 11, como quieren hacerme creer. (Continúa en página 2)

Comments are closed.