De todos modos aquél elogio me valió una invitación por parte de Ángel, de 20 años, de armar un equipo de estudiantes de abogacía, y tramitar una autorización de la Dirección para poder jugar un partido contra los internos.

Ángel es simpatizante de Atlético Tucumán, como quien escribe. Mientras carga agua para regar las plantas, la conversación pronto deriva en el recuerdo de aquel Atlético campeón del Torneo Argentino «A». Ambos coincidimos en que, si bien no logró el ascenso histórico a Primera División, el equipo dirigido por Jorge Solari jugaba mejor que aquél otro dirigido por Rivoira.

Luego le pregunto acerca del mejor jugador de fútbol de la Unidad, esperando dar pie a que se alabe a sí mismo. Pero me sorprende: Ángel se incorpora, deja de prestarle atención al tacho (que ya rebalsaba de agua), me mira a los ojos y, en un tono solemne, me dice: «acá el mejor es Juan».

Al rato entiendo por qué Juan es el mejor. Tiene veintitrés años, y lleva cuatro años y tres meses en el Penal. Está condenado a 9 años por un homicidio que, por lo que me cuenta una vez que me lo presentan, parece haber sido cometido en defensa propia. «Yo era bien cachivache. Andaba siempre con los del barrio, cachivacheando. Una vuelta nos largamos a pelear, y viene uno a querer pegarme con un cuchillo. Un cuchillo así, sierrita, común. Yo le quité el cuchillo y le pegué yo».

Al comienzo de su detención Juan era visitado todas las semanas por su novia y su hija. Con el tiempo la distancia que implica estar privado de la libertad comenzó a tener sus efectos nocivos en la pareja. Le tocó enterarse, por boca de un familiar de un interno, que su novia estaba saliendo otra persona. Al poco tiempo ella se mudó con su nueva pareja a Santiago del Estero, llevándose a su hija.

Por eso Juan es el mejor jugador: desde entonces entrena todos los días. Se evade trotando alrededor de la canchita, haciendo pesas con los aparatos improvisados por los propios internos, y practicando tiros al arco monótona y repetitivamente.

Creo que además de los golpes y los malos tratos, de vivir con miedo, de comer todos los días el mismo plato de eso que desde la Dirección se empeñan en llamar comida, de helarse en invierno y deshidratarse en verano, de tener que compartir con otras 15 personas un tacho para hacer sus necesidades, de tener que soportar la falta de intimidad, de no poder siquiera salir a caminar, uno de los peores aspectos de la privación de la libertad es no tener la oportunidad de resolver los problemas en las relaciones con los demás.

Por no poder estar, hoy a Juan le falta su hija. Pero eso sí, juega a la pelota mejor que nadie.

Mi primera muerte.

Mi primera muerte.

Destapar las cárceles

Íntimamente, yo creo que la cárcel no debería existir –que cualquier cárcel, que ninguna cárcel, debería existir-. Pero mientras discutimos que sí, que no, que cómo, muchos se han olvidado de algo que parece de perogrullo: así como la cárcel es una porción de la sociedad, la autoridad penitenciaria es una porción de un gobierno. La lógica (o la falta de ella) de un lugar como Villa Urquiza se basa en hacernos olvidar esta verdad.

Es necesario destapar, descubrir las cárceles. Es necesario penetrar en las cárceles, analizarlas, verlas por dentro. Aquí se advierte lo complicado que es militar para abrir un lugar que, por esencia, está hecho para permanecer cerrado. Ni la autoridad quiere que esto suceda, ni un gran sector de los que por fortuna están afuera quieren enterarse de lo que pasa adentro.

Me cuesta mucho entender a quienes sostienen que nuestras visitas al Penal no son más que una herramienta que el servicio penitenciario aprovecha para enviar, paredes afuera, una imagen ficticia de trato humanitario y digno hacia los internos.

Para creer que incluso el más complejo de los maquillajes con el que la autoridad intente disfrazar su naturaleza violenta puede ser eficaz, primero hay que creer en la lógica de que exista un lugar donde se enjaule a personas que cometen delitos. La fe en que cualquier puesta en escena puede dejarnos una imagen positiva de la cárcel de Villa Urquiza, debe necesariamente ir acompañada de la idea de que alguna cárcel puede servir para algo.

No nos engañemos: nada puede hacer el sistema penal para ocultar sus colmillos. Una compleja máquina social al servicio del poder, que se dedica a fagocitar, digerir y excretar seres humanos no tiene cara positiva para mostrar. No por eso deja de disimular, pero es torpe en sus movimientos. Entramos al Penal sabiendo que no vamos a ver lo que la autoridad decida que no podemos ver, pero pronto caemos en la cuenta de que el esfuerzo del personal por tapar las miserias de la mismísima miseria es como el de aquel que trata de retener diez pulgas con diez dedos.

Estas crónicas intentan mantenerse alejadas de lo extravagante. Intentan seguir una línea racional, natural. Pero el objeto mismo lo impide: no se pueden contar historias sensatas acerca de la vida dentro de un Penal porque tal cosa no existe.

Alguna vez, espero, alguien nos pedirá que rindamos cuenta del hecho de hacer que algunas personas vivan –meses, años, décadas- encerradas en jaulas.

Imágenes: Benjamín Felicce.

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