“La casa de papel” y la fantasía del costo cero

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¿Hay una fantasía económica detrás del argumento de la exitosa serie española? ¿Es posible, como dicen sus personajes, imprimir dinero y “no robarle a nadie”? Continúa el debate sobre La casa de papel en Trama. Esteban Piliponsky propone una manera distinta y original de interpretar esta polémica historia de ladrones y policías.

Hace unas semanas vi, en uno de esos clásicos maratones adictivos, la serie La casa de papel. Creo que es una buena tira pochoclera, y con eso no pretendo denostarla sino simplemente describirla: es una ficción pasatista, sin mucha profundidad en los personajes, pero con una trama que atrapa y consigue su objetivo principal de entretener, al menos al llamado “público de masas”. Lo logra con una fórmula clásica casi inexorable: generar la empatía del espectador con los protagonistas. Las siguientes líneas no se proponen una crítica de dicha serie, género para el cual me declaro analfabeto, sino una reflexión sobre los principios que generan la mencionada identificación.

Considero vano juzgar una obra de arte (y pese a una posible objeción elitista, La casa de papel sin duda lo es) por su aspecto moral, pero eso no impugna la utilidad de pensar sobre los valores que se ponen en juego en esa expresión artística y analizar las reacciones del público frente a ellos. Aclarando que tales reacciones son una percepción propia, y este escrito es una mera opinión personal.

En La casa de papel (no hay spoiler) la trama gira en torno a un grupo de personas cuyo futuro es muy oscuro por sus antecedentes penales, y que deciden hacer un golpe maestro para salvarse económicamente. El asalto se perpetra contra la Casa de la Moneda y Timbre de España, el lugar a donde se imprime el dinero. Su objetivo es fabricar la mayor cantidad de billetes posibles durante el atraco, bajo la premisa de que de esa forma “no se le está robando a nadie” pues esa plata creada por ellos mismos “no tiene dueño”. Este justificativo es importante porque el éxito de la operación según su mentor, el ya famoso personaje de El Profesor, depende de lograr la aceptación de la sociedad española, lo cual no es más que la obvia búsqueda de replicar ese apoyo en el público que consume la serie.

La estrategia para alcanzar este objetivo es simple pero efectiva, de hecho ha generado cierta idolatría bastante extendida con los personajes de la tira. Primero el carisma y cierta sensibilidad, muy superficial a mi forma de ver, de los protagonistas. A ello se le suman algunos guiños simpáticos por ejemplo en temas de género, como mostrarse a pincelazos gayfriendly o criticar al patriarcado y reivindicar al matriarcado (o cierta caricatura de este concepto). Todo dentro de lo políticamente correcto, vale aclarar. En contraste, el antagonista es un burgués, o peor aún un gerente pequeño burgués, adúltero y, como si fuera poco, feo. Su condición de clase y su doble moral provocan que sus impugnaciones contra los esbeltos, atractivos y sufridos asaltantes, hagan agua. Otro tanto ocurre con la odiosa y controvertida policía, que si bien para lo que conocemos de su par en Argentina aquella se muestra inmensamente más ética y profesional, no deja de ser antipática y políticamente despreciable.

Por último aparece otro ingrediente manido: la épica. El plan maestro no es otra cosa que un gran golpe, y una crítica al mismo tiempo, al sistema financiero, es decir al entero capitalismo que este representa. En ese sentido, la apelación a la hermosísima y heroica “Bella Ciao”, himno popular partisano de la resistencia italiana contra el fascismo, es uno de los mayores aciertos de los guionistas. Un himno de la libertad… que por supuesto se me pegó hasta ahora, y me encuentra en diferentes momentos del día tarareándolo casi sin darme cuenta. Pero justamente en este punto es donde surge cierta controversia sobre la que me quiero referir.

No hay que tener grandes conocimientos en economía para descubrir si se reflexiona un poco, que el robo en cuestión no es “a nadie” sino por el contrario: a todos. Pueden no conocerse los aspectos técnicos que explican por qué emitir moneda devalúa la misma, pero me arriesgo a pensar que la generalidad de los espectadores de la serie sabe que aunque sea en una medida ínfima, los afectados con ese robo son todos los que utilizan como dinero el Euro. La simpatía que genera este hurto es similar a la que se puede sentir por un asalto a un banco. Pero la diferencia, aunque sutil, no es menor. En este último caso hay un afectado, la poderosa entidad financiera dueña del capital sustraído, mientras que en la serie los afectados son el conjunto de la sociedad, pese a serlo en forma aparentemente imperceptible. Al resaltar El Profesor durante la tira, que su plan es superador al de atracar un banco porque en él no hay damnificados, se está simplemente creando un relato sostenido en un truco: remplazar a todos por nadie. La artimaña es burda y evidente. A decir verdad solo puede ser creída por quienes quieren, o por quienes les conviene… lo paradójico es que esa es mucha gente. En algunas ocasiones incluso, la mayoría.

La primera contradicción es que algo material, muchísima plata en este caso, pueda ser gratis, tener un costo cero. Siempre alguien paga. Podemos tener largas discusiones acerca de la validez ética de sentir simpatía por el robo a los banqueros o los poderosos, en función de la injusticia del sistema que estos representan y ejecutan. Pero suena incoherente celebrar que nos roben a nosotros mismos, y sin embargo aquí sucede. El otro contrapunto es a quien beneficia el pillaje. La figura de Robín Hood ha despertado debates desde su aparición en el folklore anglosajón, por los valores que representa. Pero en la serie en cuestión, no se plantea repartir el botín sino entre el pequeño puñado de atracadores, cuyo objetivo es llegar a realizar el timo más grande de la historia con montos fantasiosos que los transformarían en multimillonarios a cada uno de ellos.

En un momento de la serie (el presente párrafo tiene un pequeño spoiler que considero intrascendente, pero que puede ser salteado por el lector) los asaltantes buscan el apoyo de los rehenes, apresados como escudo contra la policía. Arma en mano, ofrecen un millón de Euros a quienes los ayuden en sus tareas y colaboren para que el plan termine exitosamente. Una extorsión que pretende quebrar la moral de las víctimas y dividirlas, ofreciéndoles una ínfima porción del motín pero cuyo monto sin duda les es más que significativo. Esto viene a sumarse a las simpatías personales que algunos secuestrados tenían ya con uno u otro de sus captores.

No es la primera vez que un espectador se identifica con un personaje de ética controvertida, cuyo accionar aquel nunca llevaría a cabo aunque a veces desearía hacerlo o le agrada ver que otro lo realice. Hay una combinación de factores que logran esa atracción, y la ideología del personaje suele ser una de ellas. Gran parte del público de La casa de papel se siente identificado con la fantasía de enriquecerse sin perjudicar a nadie, cediendo a la tentación de olvidar el pasado de los protagonistas para saludar el golpe que estos pretenden darle al “sistema”. Ladrones que roban a ladrones, enemigos de nuestros enemigos, vengadores de nuestros males, aunque el daño que se infiere a los verdaderamente poderosos sea risueño y los perjudicados del enriquecimiento de nuestros héroes seamos, una vez más, todo el resto de nosotros… simpáticos, carismáticos. Bien maquillada, es una idea que se muestra muy seductora.

Ahora bien, y si jugamos a llevar estas consignas a la realidad: ¿es posible que un pensamiento así se convirtiese en hegemónico en alguna sociedad? Es decir, ¿podría esta ideología, ser mayoritaria (circunstancial como es toda mayoría, sobre todo en democracia)? En síntesis y como consecuencia de aquello, ¿es imaginable que llegue al gobierno de un Estado quien sostenga las premisas de La casa de papel? ¿Sería factible convencer a una gran cantidad de gente de que puede crearse un sistema en el que las cosas no tengan costo, y se repartan un poquito para muchos, mucho para pocos y nada para otro tanto?

Pero claro que en ese caso, quienes se llevarían el gran botín no serían los de siempre, sino estos que pretenden representarnos, dicen lo que queremos oír, se pelean con quienes despreciamos, se parecen a Robin Hood (pese a que no le repartan a los pobres), tienen un aire a los ladrones de bancos (más allá que a estos no les toquen un pelo)… se muestran amables, épicos. Son en resumen como nuestros protagonistas de La casa de papel, aunque al tratarse de todo un Estado el costo de lo gratis, eso que no le cuesta a nadie pero lo pagamos todos, sería bastante más significativo y su mala distribución infinitamente más perjudicial.

 

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