Los medios masivos y el diagnóstico del kirchnerismo

¿Cuál es el rol político del discurso kirchnerista en contra de los medios concentrados? ¿Cómo funcionan sus dicotomías, y qué imaginarios moviliza? Matías Galindo analiza el diagnóstico oficial en torno al lugar y la función de la comunicación, y su importancia en la construcción de poder.

En nuestro país, la discusión en torno a la comunicación mediática fue puesta en la agenda pública allá por el 2008 con la propuesta legislativa conocida como Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA). Hoy es muy difícil sacar algo en limpio de todo aquel debate; hubo mucha tinta y saliva puesta en defensas o injurias estériles.

Escribimos por escribir.

Escribimos porque se puede.

Por un momento intenten responderse a ustedes mismos para qué sirve la prensa o cuál es la función que debería desempeñar. Inmediatamente se viene el speech a la cabeza: los medios son fundamentales para la vida democrática, fiscalizan los actos administrativos, hacen posible el derecho a la información, son mediadores entre la esfera pública y la política, pueden y deben ser un mecanismo de control sobre el gobierno. A grandes rasgos esos son los fundamentos que sostienen la idea del “periodismo independiente”. Es el discurso más afincado en el imaginario colectivo; la prensa liberal se mira a sí misma de ese modo, como defensora de la democracia. Es también la muletilla del político profesional a la hora de justificar cualquier política comunicacional.

Es contra la abrumadora eficacia de esta idea que el segundo gobierno kirchnerista ha emprendido la denominada “batalla cultural”. Sus principales herramientas han sido, lógicamente, sus prerrogativas estatales, la legislativa en particular.

Estado y mercado

Cuando hablamos de las concepciones del kirchnerismo en torno a los medios, como pasa con el peronismo en general o con el populismo, no se puede decir que haya una visión coherente y articulada; sí hay una apropiación de ideas y argumentos que recorre un amplio espectro político- filosófico y que en muchos casos tensionan entre sí.

Un rasgo central del diagnóstico del actual gobierno es la recuperación de la dimensión material. La propiedad y los vínculos entre medios y corporaciones adquieren importancia al momento de identificar los intereses de los actores en el ámbito comunicacional. Esta mirada abreva en la crítica marxista de la economía política de la comunicación, aunque con sus particularidades.

Aquí la estructura de propiedad de los medios se torna fundamental para comprender su pertenencia de clase y, por lo tanto, la defensa de intereses sectoriales, opuestos a los intereses populares. Paréntesis: lo antipopular, desde esta óptica, sería sinónimo de oposición al gobierno, puesto que éste representaría de modo íntegro lo nacional/popular.

Es así que desde el 2009 a la fecha hemos escuchado miles de veces al oficialismo acusar a los medios de los grupos concentrados de “oligarcas”, “dominantes”, “corporativos“, “antidemocráticos”, “golpistas”, etc. El énfasis en el antagonismo entre sectores sociales generó (y sigue generando) simpatías en algunas izquierdas y vastos sectores progresistas.

La particularidad de esta apropiación del marxismo consiste en proponer una linealidad ramplona entre la posición que se ocupa en la estructura de clase (“sectores dominantes”, “stablishment”, “oligarquía”) y las ideas que circulan a través de los medios concentrados (defensa de la libertad de empresa, por poner un ejemplo). Además, esta versión quiere ver en el Estado un aliado permanente de los sectores populares.

Concentrar la libertad.

Clases particulares.

Contemplar la dimensión material es dejar de volar en el idealismo de la “libertad de expresión” y empezar a conocer las estrechas relaciones entre la propiedad de los medios y la propiedad de todo lo demás. De ahí la necesidad de políticas, como la Ley 26.522 (LSCA), cuyo propósito sea la desconcentración. Sin embargo, no hay que dejar de tener en cuenta que la concentración fue el resultado de la alianza entre empresarios de la comunicación y el Estado durante el último medio siglo.

“Los monopolios” (término incorrecto para describir los conglomerados mediáticos que, además, usado en plural viene a ser un oxímoron) son antidemocráticos porque impiden la proliferación de la oferta, la diversidad de voces. Antes de descubrir a “la corpo” – entre otros descubrimientos- las políticas impulsadas en el primer gobierno kirchnerista venían contribuyendo a la concentración que hoy denuncian. Menciónense sólo dos para no entrar en detalle: la Ley 25.750 de “Preservación de Bienes y Patrimonios Culturales”, también conocida como “Ley Clarín”, que beneficiaba en primer término al Grupo Clarín por funcionar como un escudo ante sus acreedores extranjeros; y el decreto 527/05, otra concesión del gobierno entrante a los grupos mediáticos, que suspendía por 10 años el cómputo de los plazos de las licencias para la explotación de frecuencias de TV.

Desde el punto de vista del gobierno, ¿el problema de la comunicación es acaso la concentración mediática o el hecho de estar enfrentado al Grupo Clarín desde ya se sabe cuándo y por qué? Buscar “las verdaderas intenciones” generalmente aporta poco a la comprensión de las reformas legislativas pero en este caso, de la respuesta a esa pregunta, surgen rastros para imaginar la futura implementación de esta ley.

La estrecha relación entre Estado y mercado, que ambos se empecinan en borronear, sugiere que no hay un simple “reflejo” de los intereses de los “sectores dominantes” por parte de los conglomerados mediáticos, sino también conflictos al interior de los mismos. Los hechos hablan de la imposibilidad de imaginar un Estado como fuerza externa y opuesta al mercado, como al peronismo en general le gusta creer. Esta afirmación no sugiere un Estado como bloque compacto y homogéneo ni niega los intersticios que allí pueden surgir. Tampoco se trata de decir que las facultades estatales no pueden, en ciertos contextos, operar sobre la economía para arbitrar y reducir algunas de sus peores consecuencias. Pero el fetiche del Estado redentor siempre termina por chocar contra la pared. Estado y mercado son indisociables y ése es el límite de este gobierno.

Código binario

Otra de las características del diagnóstico kirchnerista de la comunicación pasa por la polarización del terreno político. En pocas palabras, esta polarización podría resumirse así: “estás conmigo o en mi contra”.

Siguiendo esta línea, los medios “oligárquicos” y “monopólicos” -o simplemente “la corpo”- restringen las voces populares con el fin deliberado de solidificar y masificar el pensamiento de las clases dominantes. La “cadena nacional del miedo y del desánimo” difunde la realidad a través de las anteojeras de la clase media: inseguridad, corrupción, clientelismo, acceso limitado a productos importados, cepo al dólar, aumento impositivo, etc. Mientras tanto, la realidad de los argentinos de a pie es ocultada, silenciada o tapada.

El par de opuestos popular/antipopular es utilizado como calificativo positivo y negativo respectivamente. Pero al erigirse en representante de los intereses populares, el gobierno ocupa el paradójico lugar de quien apela a un colectivo cuyos deseos e intereses da por sabidos. El sujeto representado es borrado en el acto de representación. El uso de “lo popular” como lo dado, lo evidente y lo estático pasa por alto la palabra del grupo en nombre del cual dice hablar. No todo encaja en una simple polaridad: quién es el “pueblo” o dónde se trazan las líneas que lo separan de la “élite” es un tema bastante discutible.

Unidos y representados.

Unidos y representados.

Esta división categórica entre medios antipopulares y medios “militantes” ilustra la visión dicotómica del kirchnerismo en torno al campo comunicacional. La complejidad de la ecología mediática es reducida a dos campos irreconciliables: uno opuesto a las políticas oficiales y otro que las aplaude. Lo que no se ensambla en alguno de los bandos del esquema es reubicado a la fuerza (simbólica). Si no se está ni con el gobierno ni con la oposición se le “hace el juego” a la derecha.

Este trazo grueso del diagnóstico kirchnerista de la comunicación intenta aproximarse a la interpretación de un discurso con “mística”, atractivo, con propuestas identitarias diversas, lleno de certezas y con enemigos identificables. Apelar a lo nacional, lo popular, lo antimonopólico, lo progresista, lo democrático, no deja dudas acerca de cuál es el lado piola de la polaridad (contra los intereses extranjerizantes, la oligarquía, los monopolios y la derecha golpista). Creo que la abrumadora eficacia de esta propuesta consiste en haber sabido conjugar imaginarios variados y ponerlos bajo un mismo paraguas. En el camino hubo que cargarse los supuestos de todos los posibles opositores, embarrando la cancha para cualquiera que se presente con otras credenciales a disputar el poder.

Esa construcción imaginaria es el punto de apoyo que multiplica las fuerzas, a modo de palanca, en la construcción de hegemonía. Aquel que quiera suceder al gobierno actual debe empezar a erosionar ahí abajo antes de proponer otras opciones u otras versiones sobre la función de los medios. La alternativa, siempre presente, es descalificar al kirchnerismo y autoproclamarse como nuevo “defensor” de las políticas populares sin perder jamás ese punto de apoyo que tanto ayuda a palanquear.

Imágenes: Leandro Nieto.

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