Muñecos del destino se transmite por la pantalla de Canal 10 un viernes de semana santa de ese mismo año. Los ocho capítulos se emiten juntos, y desde la madrugada, desafiando toda lógica televisiva. Es claro que ni siquiera hay un principio de apuesta en la serie. Sólo los que vieron Canal 10 toda la mañana de ese viernes tienen algún registro del paso de la telenovela por la televisión tucumana. Los ocho capítulos se emiten juntos, y no vuelven a emitirse nunca más. Esto, que podría ser un mero ejemplo de falta de profesionalismo, también puede entenderse como un sabotaje. Más allá de que la TV Pública nacional haya visto finalmente las bondades de la serie, asignándole un lugar digno en su prime time, la historia no deja de ser significativa. En el fondo, no se trata de Muñecos del destino, sino que se pone en juego un fenómeno generalizado. Es un síntoma de cómo se entiende la producción cultural en toda la provincia.
¿Qué llevó a Raúl Armisén a rechazar Muñecos del destino? ¿Cómo es esto compatible con las funciones propias del director de un canal? La serie es un producto indudablemente televisivo, un producto acabado que no requería inversiones ni grandes esfuerzos. Tampoco estaba por debajo de los estándares de la producción que ofrece el canal universitario, cosa que se comprueba soportando su programación diaria apenas un rato. No existían impedimentos políticos, ni un criterio estético contrapuesto. Ni siquiera era necesario que Muñecos del destino fuera genial, algo que no afirmamos, ya que nos parece impensable que la condición de obra maestra funcione como filtro en Canal 10. La lógica de la conveniencia, que enseña a cada uno a llevar agua para su molino, debería haberle dictado a Armisén que capitalice esta serie, y que le saque todo el jugo posible. Pero algo se interpuso en esa lógica.
No pensamos que Muñecos del destino sea un producto elitista. El público que consume TV de aire no debería ser subestimado. La serie no es una obra pretenciosa de video arte en blanco y negro que evoca lo más rancio del existencialismo para deleite de unos pocos. Todo lo contrario: se trata de una telenovela fiel a su género, que se compromete con su trama y se apoya en sus ganchos. Es una serie hecha para ser vista. No pensamos que surja de los delirios megalómanos de un artista pequeño-burgués, y aunque así fuera, ¿por qué sería esto un problema? ¿Por qué habría de importarle al director de un canal lo que un realizador piense de sí mismo? ¿No debería ocuparse de velar por sus propios intereses? ¿Acaso no había nada aprovechable en la serie? Puede que el cortocircuito no haya pasado por ahí, y que poco tenga que ver con Muñecos del destino. Puede que Armisén haya reaccionado como reaccionó por una cuestión personal.
Resulta una obviedad decir que en Tucumán la industria audiovisual es embrionaria cuando quizá todo el país se encuentre en ese estado. Pero nuestra provincia presenta algunas particularidades. No pasa sólo por el amateurismo ni por la falta de inversión, sino que también hay problemas estructurales que acosan a los realizadores. A Muñecos del destino no se le concedieron las exenciones impositivas que le correspondían, y la relación con Rentas fue un total suplicio. Aun así, los verdaderos obstáculos funcionan en un nivel más sutil. La idea de un cine como industria está ausente, y esta circunstancia arroja a los creadores y técnicos al ambiente del festival y el cortometraje auto-complaciente. Por eso era valiosa la experiencia de Muñecos del destino. Significaba que en Tucumán también podían hacerse series con verdadera proyección comercial, series pensadas para disputar el gran público. Pero la serie no se entendió de ese modo, quizá porque el contraste podía revelar la mediocridad de la TV tucumana. En una ciudad donde el mercado audiovisual aún no se ha afianzado, no nos queda sino pensar que estos sentimientos pueden jugar un papel decisivo. Sentimientos como la envidia, que impide valorar el talento ajeno, o el miedo a que un destello de creatividad en un escenario chato opaque todo lo demás. No hay que olvidar que estas emociones también pueden ser un problema estructural, y acaso mucho más profundo que las limitaciones técnicas o económicas. Sería difícil imaginar a un productor de Telefé rechazando un producto por razones personales. Pero en Tucumán puede pasar, y ha pasado.
Patricio termina su vaso de cerveza. Le cuesta expresarse, o no quiere expresarse por completo. Aunque no tenga miedo a la hora de denunciar a Armisén, pareciera no decir todo lo que siente. El problema es muy personal, y quizá no se anima a creer que sus sentimientos son personales. En Tucumán somos pocos y nos jodemos los unos a los otros, nos dice. La consagración siempre viene de afuera.
Imágenes: Atilio Boggiatto